Desde hace tiempo venimos observando cómo en los medios, especialmente en la televisión, han proliferado los programas en los cuales se pone a los famosos a realizar actividades diferentes a las que suelen hacer en sus profesiones para mostrar su cara “más humana” y de paso verlos meter la pata como si de cualquier hijo de vecino se tratara.
Lo mismo da que los pongan a pasar hambre en una isla desierta, a sudar la gota gorda en un demostración de habilidades físicas inimaginables, a sufrir claustrofobia encerrados en una casa con cámaras en cada rincón o, simplemente, a mostrar su habilidad para lucirse en una pista de baile. Lo mismo da una cosa que otra. De lo que se trata es de verlos sufrir, de sentirlos humanos, de despojarlos de su halo olímpico y aterrizarlos al nivel cotidiano del sufrimiento físico en una prueba predeterminada.
Y si en España ahora nos refocilamos observando cómo a Belén Esteban se le hacen las piernas un lío tratando de seguir la coreografía que le ha puesto Poty o El Sevilla disfrazado con un frac tratando de parecerse a un Fred Astaire de Coria del Río, los norteamericanos no se quedan atrás y acaban de estrenar la nueva edición de “Dancing with the stars” que no viene a ser otra cosa que la versión estadounidense del “Mira quién baila” .

Tras nueve ediciones con un éxito verdaderamente importante, la primera emisión de la décima edicion ha impuesto una nueva marca al arrasar con el número de espectadores que la sintonizaron para ver a celebridades como Pamela Anderson (“Los vigilantes de la playa”), Buzz Aldrin (astronauta y segundo hombre en pisar la luna) o Shannen Doherty ( “Sensación de vivir”) entre otros. El récord se ha establecido en los 24 millones de personas atentas frente a su aparato de televisión para deleitarse con las pizpiretas acrobacias y espectaculares evoluciones del cuerpo de baile.
El país es lo de menos. Tan sólo cambia el idioma o los personajes. El héroe humanizado es lo que vende, hoy más que nunca. Hoy que la crisis nos afecta terriblemente deseamos ver a las estrellas sufrir como nosotros y, porqué no, ilusionarnos porque hasta los “patosos” (como nosotros, los de la calle) pueden llegar a triunfar en un momento de inspiración. Esa inspiración que nos hace falta todos los días para sacar adelante nuestros problemas y sólo con un momento de catártica emoción frente al televisor podemos acariciar.
Si no fuera por la televisión… ¿que?